Zequi dice:

No se vayan sin dejar sus comentarios o los atormentaré...

lunes, 2 de junio de 2014

LA SOMBRA DEL GATO





Mientras los dos se sacudían sensuales entre las luces y la multitud, ella ya tenía decidida su próxima jugada. Se acercó mas a el y rozó sus labios con el aliento. Luego, sin dejar de mirarlo enfiló hacia la salida. Se hizo la sorprendida cuando lo vio salir detrás de ella.
    – ¿Te llevo?
    – No sé... ¿sos de fiar?
Terminaron besándose en el auto de el. “Ya la tengo”. Durante el viaje ella no dejó de rozar sus piernas con las de el, tratando de mantener el fuego encendido con una cara de libido que el detestaba por dentro pero sabia fingir muy bien que disfrutaba. Así, cuando llegaron a la puerta de la chica no tuvo que insistirle que subiera con ella. Un gato blanco los recibió maullando contra la indiferencia de ella. Ya estaba preparada para cumplir con sus fantasías. Pero las de él eran diferentes. Una vez que ella terminó de prender velas empezó a sacarse el mínimo vestido entre las sombras temblorosas que dejaban las pequeñas llamas. Pero ni eso tuvo tiempo de hacer. La golpeó y la ató a la cama. Y después de hacerle lo que quiso ella pensó que sus ojos se veían satisfechos. Pero el solo había ido a buscar un cuchillo a la cocina. Y cuando llegó, sin mediar palabra, lo hundió en su pecho. Así la dejó, con su cara de sorpresa sobre su cama y esa corriente roja que salia de su pecho. Al salir notó que se llevaba algo que no deseaba: el gato lo miraba desde entre sus piernas y estando afuera ya los dos, se sintió responsable por el... ¿Donde iría el pobre animalito si el no se hacia cargo?
A la mañana siguiente el gatito no había comido el atún. Si, en cambio, encontró el asesino la televisión prendida, algo que el no se acordaba de haber hecho. Era el informativo que casualmente ocupaba en el asesinato de una joven que fue violada por su asesino en su propia casa. Atención a la que el ya estaba acostumbrado por ciento y a la cual fue completamente insensible. Sin embargo se le puso la piel de gallina cuando la presentadora dijo: “Aquí esta el monstruo”  y prometió que la cámara de seguridad de la víctima había captado al asesino violador. Se pego a la tele esperando lo peor. Pálido y casi a punto de llorar como si de un niño se tratase. Lo que le devolvió el alma (si aun tuviera una) al cuerpo fue constatar la baja definición del vídeo y que por una de esas casualidades no había dado la cara nunca a la cámara. Todo por observar a ese gato tan ruidoso, gracias a el. Le sorprendió que los vecinos  entrevistados dijeran que vivía completamente sola. Supuso que nadie contaría al gato como compañía.
Se dispuso ahora a ser mas cuidadoso. Solo trataría con mujeres en su propia casa, donde podía controlar el ambiente. El césped del fondo podía levantarse con facilidad de forma prolija para  enterrar a cualquiera, pensó. Si aplanaba bien el terreno nadie notaria que había algo abajo. Y no pasó mucho tiempo en caer la primera víctima en las garras del adonis, atraída por su gentil trato y su cuerpo y pómulos perfectos. La enterró en el jardín de acuerdo al plan. Y así empezó una nueva etapa. De ver su trabajo en el noticiero vez tras vez, solo empezaron los informes de chicas desaparecidas.
Un día decidió que no quería mas este protocolo. Quería que la gente supiera que le pasaba a esas ninfómanas, que no eran chicas de su casa como los padres aseveraban, eran mujerzuelas que se acostaban todas las noches con extraños. Hoy seria la ultima que enterraba en el jardín, tenia que ser perfecto, puso velas para hacerla sentir lo que a sus ojos no era, una dama.
Cuando ella llego quiso saltarse la cena e ir directo a lo que le interesaba. Una pelirroja de piel tan blanca que ni las anaranjadas luces de la tupida población de velas lograba pintar de un color mas tibio. Luego de besarla para mostrarse interesado en el plan se excusó con su corriente cara de niño inocente y fue a buscar la barreta que usaba normalmente para atontar a sus conquistas. Pero al llegar la chica no estaba. Inmediatamente escuchó el azote de la puerta principal. Salio a buscarla, pero constató con desazón que no la volvería a ver. Incluso  intentó llamarla. Escuchó atentamente, con una cara psicótica y ojos desorbitados y ensombrecidos, por si sonaba el celular cerca de el. Pero nada...
Volvió derrotado a la casa. Se le pasaban mil cosas por la cabeza pero no se le ocurría lo que podría haber salido tan mal. Las sombras sobre el anaranjado tenue que le daban las velas a las paredes ya se le hacían conocidas de repente. ¿De donde saco la idea de las velas? No podía recordarlo pero no parecía algo suyo.
Una sombra que se ubicaba el en rabo de su ojo se movía diferente. El gato.
    – Yo le avisé – se escuchó de repente...– no, no mires al gato...  aquí.
Desde la sombra del gato salia una voz. Tan ronca que casi se doblaba sobre si misma. Mientras la sombra crecía y se deformaba hasta parecer mas un dios de la muerte que un gato, su propia cara de terror se volvía cada vez mas crispada sin adivinarse ya mas los rasgos que lo hacían irresistible a las mujeres. Sus párpados temblorosos y sus ojos inyectados de venas rojas palpitaban al ritmo de su evidente taquicardia, que le golpeaba de forma visible el pecho.
    – Te estuve siguiendo... no podía hacer nada para tocarte no pude evitar que te llevaras a  todas las chicas... era débil por que había poca luz.. hasta que se me ocurrió soplarte la idea de las velas al oído... si... muchas velas. Y tal vez sigo sin poder tocarte, pero a tu sombra...  ¡¡¡A tu sombra puedo hacerle lo que sea!!!
Intentó correr. Pero entonces se dio cuenta de que la sombra de la muñeca que le había heredado su madre sostenía a su propia sombra de las piernas. Luego los  demás objetos que producían sombra atraparon la suya también: los cuadros, las cortinas, las sillas. La sombra del cuchillo que pensaba usar en la pelirroja comenzó a alargarse de repente hasta que sintió que el acero se hundía en el pecho. Su sombra daba alaridos pero el no podía soplar las velas para terminar la pesadilla. Y cayó, mientras toda la casa se llevaba los pedazos de lo que quedaba de su sombra, pálido y sin vida en el suelo de aquella casa. El gato blanco todavía se proyectaba el la pared del comedor... el asesino por otra parte, no.

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