Zequi dice:

No se vayan sin dejar sus comentarios o los atormentaré...

sábado, 25 de octubre de 2014

EL SELLO






No había mucho que decir. Aquella noche había sido casi un compromiso. Perdonar y olvidar, una vez mas. Pero el dolor no se olvida mientras aun arde en el pecho. Y el decir "te perdono" no lo calma. Porque por la mañana ella seguía triste y pensando en la otra. El se despidió amoroso, pero tampoco parecía feliz. Ella decidió entonces que quería quedarse en la cama. Viajes de negocios, los verdaderos, los falsos. Esta ves es real, ¿verdad? Podía preguntarse eso todo el día, de hecho la noche la sorprendió aun elucubrando las posibilidades. "Si no ves el final del túnel es que debes avanzar mas rápido". Su madre siempre tan sabia. La llamada de su esposo se hacia esperar. Había prometido llamar ni bien aterrizara. Pero ya habían pasado dos horas desde ese horario y la noche no daba esperanzas.
Un reflejo inusual le hizo caer las naves a tierra. La casa estaba a oscuras porque recién anochecía. Y desde la parte mas abandonada de la casa, esa que solo usaba cuando estaba con él, desde esa región ensombrecida, hasta le llegó una brisa fría con olor a muerte. Nada la convencería de alejarse de la televisión, que por cierto no estaba siquiera viendo. Se quedó dormida tratando de ignorar que una de sus paredes parecía haber desaparecido, y que ahora daba a un cementerio. Pero la noche siguiente algo se agregó al resplandor y la brisa. Un aullido lejano digno de una historia de terror fue la gota que rebalsó el vaso. La cocina estaba de paso, tan abandonada como la mitad de la casa que ya no visitaba, así que tomó un cuchillo que apuntó directamente hacia adelante. Mas allá, ese resplandor naranja y la brisa mortuoria que ya a estas alturas le provocaba arcadas. La mayor parte del solar se veía igual de negro que el resto de la zona no frecuentada. Pero ese resplandor seguía ahí, sin poderse distinguir de donde precisamente provenía. Atravesaba los muebles y le daba un tono dorado al ambiente, lo cual hubiera parecido bello si no fuera del olor a putrefacción y la neblina que comenzaba a llenar la casa. Pero por alguna razón se le ocurrió que podía venir de debajo de alguno de los sillones. Apenas veía como para saber cual correría pero un tropezón hizo el trabajo muy rápido. Y cuando el camino se despejó pudo ver los relucientes caracteres en el zócalo. Un pequeño dibujo extraño que parecía una minúscula ventana... o mas bien una cerradura. La brisa se hacia intensa cuanto mas se acercaba pero nunca llegaba lo suficientemente cerca como para tocar la figura. Sin recordar las dimensiones de la habitación se desesperó y corrió varios pasos hasta que tomó con sus propias manos la corteza del árbol.
El árbol, tan negro y húmedo, estaba muerto como las movedizas sombras que recién ahora se le hacían obvias. Muerto y putrefacto como todo aquí con esa luna bañada de sangre. “Pero... ¿donde estoy?”. Sin duda no había un bosque muerto en su propiedad, por mucho que hiciera que no la recorría, estaba segura. Las sombras se acercaban por el suelo, mientras la sabia fría del árbol le había pegado la mano y ella trataba desesperadamente de soltarse, unos dedos de hueso afilado le tomaron la pantorrilla con la fuerza de una pinza y la velocidad de un látigo que le abrió la carne mientras exprimía su sangre. Los alaridos de Afsâna iban seguidos de puñaladas y competían con los rugidos de las bestias que se abalanzaban para obtener un pedazo de ella. Pero el cuchillo solo sentía hueso y cuero, no lograba lastimar. Buscaba los ojos, para dañar a las bestias, que ya comenzaban a perforarle la carne, pero en la oscuridad no había ojos para herir. Y los de ella no servían para mucho mas que para ubicar la luna sangrienta. De pronto las sacudidas desesperadas le soltaron la mano izquierda y volvió el reflejo dorado. Como si se tratara de fuego las sombras la soltaron para huir. Se quedaron a una distancia prudente, vigilando como sangraba.
La sabia comenzaba a cubrir el símbolo de nuevo y su resplandor se apagaba. Los monstruos se envalentonaban de a poco. Y ella, sangrando, decidió que la única vía posible era subir al árbol que había intentado atraparla segundos antes. Alcanzar la primera rama con su pierna hecha jirones y casi todas sus extremidades perforadas fue una agonía. Al igual que las siguientes 19, puntiagudas, ásperas, se metían en las heridas los fríos y secos brotes. Se acercaban, contorsionándose detrás de ella, los inmundos engendros, persiguiendo sus gemidos de dolor. Al llegar a la copa pudo sentir un amontonamiento de acolchadas formas. Este lugar era tan extraño. La oscuridad era casi total y aunque la luna brillaba roja en el cielo, su luz no llegaba. Y a pesar de que todo era negro se distinguían las sombras, y la sangre era mas roja que a la luz del sol. Se quedó sobre aquella suave superficie, descansando. Estiró los brazos para entregarse y distinguió labios fríos en el dorso de su mano. Cadáveres, descansaban, rendidos, como ella intentaba, pero ya estaban helados. Ya no peleaban. Eran el fruto del árbol, la consecuencia de sus espinas. Ya no había la luz dorada que desaliente a las bestias allí debajo. Y pronto llegarían sorteando la pegajosa sabia y los afilados brotes. Por eso se resistió a morir. Se arrastró por las ramas gruesas hasta el próximo árbol atestado de cadáveres. Decidió esta vez revisar algunos bolsillos. Halló un encendedor, pero pobremente algo de su luz escapaba a la pesada tiniebla, que se tragaba casi todo salvo el color de la sangre. Cerca del horizonte se veía otra luz dorada, otro sello quizás. Y allí las bestias no se acercarían. Así que gateó por las ramas de nuevo con la esperanza de llegar a la seguridad del resplandor dorado. Pero al llegar al final de la rama cayó. Un barranco de piedras escarpadas la estuvo esperando. Quedó a su suerte sobre la terraza de roca afilada. En el fondo del cañón una enorme sombra llena de bocas reptaba sobre su propio cuerpo tubular, hambrienta. Aquí, donde la sombra debía ser aun mas profunda, se puede ver. Por fin se ve su cuerpo, ensangrentado y magullado. Y se percata de que la mano le arde. Le arde desde que pudo arrancarla de la sabia pegajosa. “Debí arrancarme un pedazo de piel”. Pero al mirarla descubrió la quemadura que le había provocado el sello al tocarlo. Rojo por la hemorragia el sello se había copiado a la perfección en su palma. Si este sello la había traído, ¿podía sacarla? Estampó su mano en la roca y las letras comenzaron a brillar en dorado. Pero no había donde ir. No podía atravesarlo. Estuvo días hambrientos tratando de descifrar que era lo que faltaba. Hasta que por fin pudo incorporarse y sellando cada tres o cuatro pasos se puso a explorar aquel risco. Algunos arboles salían de la roca y daban sabia pegajosa y negra. No era un manjar pero lo que fue por, mas o menos, la siguiente semana la ayudó a seguir lucida y no morir de sed y hambre. Tenia que mantener el sello en carne viva para usar la sangre e imprimirlo donde quiera que fuera por que los engendros se le acercaban ni bien volvía a la oscuridad. Y en uno de esos momentos en los que apoyaba la palma sobre la roca cayó en una cueva que no había visto en sus periplos anteriores. Se veía aun mejor en la cueva que en aquel profundo cañón. No tenia sentido. La luz era oscuridad y la oscuridad luz. Esa idea la llevó mas profundo en la cueva. Cada paso se hacia mas fácil hasta que las paredes ya casi no se podían ver por lo cegador del brillo."Si no ves el final del túnel es que debes avanzar mas rápido". “La salida”, pensó. Pero el resplandor casi celestial escondía una solida pared al fondo. No había salida. Se derrumbó en llanto mientras el sello goteaba sangre en su mano izquierda y entonces lo supo. Tenia que sellar la pared iluminada. Había entrado por el sello en la oscuridad. Debía salir por la luz. Apoyó la palma con calma en el fondo de la caverna. Y de repente cayó en su cama.
No pudo mas que llorar de alegría e histeria desesperada mientras su esposo trataba de calmar los pedazos de su persona, desnutrida, deshidratada, llena de fracturas y cortes.


- Afsâna! ¿Donde estuviste? ¿Que te pasó? Tranquila, tranquila...
Ella no se atrevió a contarle. Mientras el la arropaba solo lo miraba suplicante.
- Quédate aquí llamare una ambulancia estas muy mal, mi amor. También tengo que avisarle a tu padre que te encontré.
- Primero a Papá.
- Muy bien como quieras. Solo quédate aquí, déjamelo a mi...
Lo observó acercarse al teléfono y marcar. Luego “habló” con su padre consolándolo. El teléfono era inalámbrico, pero el receptor estaba cableado por detrás de un muebles negro. El cable no estaba. Su esposo fingía. No llamaría a nadie y no habría ambulancia. Cuando dejó el tubo sobre el receptor entonces lo vio. Tenía el sello en la mano. Se dio vuelta con el gesto aterrado hacia el oscuro espacio entre la cama y la pared y recordó que su mano aun sangraba. El se excusó con un simple : “Voy a traerte agua”. Y regresó de la cocina con un cuchillo.



- ¿Sabes? Solo debías que pedirme el divorcio y dejarme libre. Pero quisiste ser la buena y perdonarme vez tras ves. Ahora tengo que quedar viudo.
La atacó con un impulso feroz. Pero ella ya esperaba el ataque. Como había esperado despierta por casi un mes el ataque de los engendros de la oscuridad. Por eso el pasó de largo. Pasó a través del suelo oscuro que ella había sellado. Y nunca logrará volver.


lunes, 13 de octubre de 2014

BELLEZA (EPISODIO V) EL VIENTO EN MIS ALAS.





-Je je... ahora mi querida Sofía es una madre mantícora. Las mantícoras son un ADN tan antiguo como el mismo planeta. Y se alimentan asimilando genes de otras especies. En la antigüedad fueron responsables de todo tipo de criaturas mitológicas como las hadas las quimeras, los dragones. Todo gracias a este infeccioso ADN. Y volverá a ser así.
- Estás tan enfermo...


Mientras el loco descargaba su verborragia la pobre Sofía, ya con su cabeza colgando de sus propias informes patas, había comenzado a regurgitar unas esferas asqueantes, idénticas a aquellas supuestas “prótesis mamarias” que le implantaron a Mar. Las cosas por fin tenían sentido. Un sentido enfermo y retorcido. Esos huevos comenzaron a eclosionar. ¿Cómo llamó él a esos bicharracos blancuzcos? Fatuas. Eso eran. Empezaban a regarse. Pero una certeza le besó la frente a la pequeña mujercita. La niña, que era en realidad la esposa del loco, no parecía controlar su propio cuerpo. Era él el que la controlaba. Así que en definitiva era él quien controlaba a las fatuas. Se abalanzó contra Rory por segunda vez. Y en esta oportunidad lo tomó de lleno con el aplastante impacto. Uno aun mayor que aquel con el que había acabado con los gigantescos monstruos allá atrás. Una nube de pavimento pulverizado se alzó imitando la erupción de un volcán.
Debajo de la mujercita, con un rostro de sorpresa y el cuerpo encajado en el terreno, Rory, contemplaba la cara de odio de Amelia. Se acercó con mucha seguridad a la pobre criatura, a Sofía. Porque ya no es la Amelia de hace un rato. Ahora no necesita correr. Escucha llorar a la pobre niña. “Amelia, duele aquí. Ayuda por favor”. El explosivo impacto con el que sorprendió a Rory había clavado sus puntiagudas patas en un auto. Y ahora era incapaz de soltarse del metal que perforó tan profundamente. Estaba inmovilizada. Pero no pedía que la liberaran. Pedía otra cosa. Amelia la tomó del doloroso rostro, la acarició con ternura y le secó las lágrimas. Luego Sofía hizo aquel gesto de "estoy lista". El golpe de muerte fue tan explosivo que esta vez Gabriel tuvo que guarecerse de los detritos. Unos ojos rojos observaban la escena. Lloraban en silencio.
Del trueno de aquel puñetazo surgió un rugido diferente. Un enfurecido Rory salía del cráter en el que yaciera. Si antes su piel se veía gris, ahora, transformado completamente en una bestia con cuchillos de hueso en lugar de dientes y una mirada de reptil, su piel era color noche.


-¿Sabes cuánta investigación llevó fabricar a esa ponedora de huevos?
-¿Fabricar? Tu esposa pedía ayuda -se secó las lágrimas- y yo se la di. Pero no va a ser la única persona en recibir esa clase de “ayuda”.


La bestia atronó con otro rugido mientras se le lanzaba con una colosal patada que partió la calle en dos. Amelia logró esquivar. Y contraatacó con las bombas que producían sus puños. Cualquiera de los dos que recibiera un ataque de lleno del contrario seguramente moriría. Pero un destello de puro instinto se le cruzó a la chica. Se tomó del suelo y lo inyectó de su propia naturaleza. Dos enormes orquídeas se levantaron del suelo y atraparon en sus enredaderas al loco. Saboreaba la victoria Amelia. Se acercaba inexorablemente a su cautivo. Y las espinas comenzaban a segregar ácido. Pero antes de darle el golpe de muerte una espada incandescente le quitó la cabeza al engendro. Los ojos rojos. Esos ojos rojos no eran, sin embargo, fríos. Mostraron calidez al decir:


-No hay que derramar su sangre o volverá.
-¿Volver? Está muerto.
-Solo le corté la cabeza


Ella se sorprendió de entender la extraña implicación del sujeto... Cauterizaba la herida para evitar regeneración. Pero el monstruo seguía vivo. Amelia cayó en la cuenta de preguntarle al misterioso acerca de su identidad pero al voltear a verlo lo halló llorando junto a lo poco que quedaba del cuerpo de la esposa de Rory. Se llevó un pequeño fragmento y, entre la bruma que levantaron las flores venenosas, se desvaneció.
Se acercó muy despacio y tímido Gabriel. Un tenue "Amelia" recorrió el aire, precediendo al dilatado abrazo de los todavía novios luego de 9 años de casados. “¿Qué esta pasando Gaby?¿Qué me hicieron?”. El solo la consuela.


-Tengo que separar la cabeza lo mas posible del cuerpo.
-Yo tengo una idea.


Los ojos rojos entraron en aquel salón de hiedras. Una variedad de miradas sobrenaturales, rarezas, lo recibieron en gesto inquisidor.


-El Metamorfo ha desaparecido. Pude salvar a mi hija. Pero tardará en volver a crecer.
-¿Que hay de la spekter, la... “modelo”?
-Debe estar recuperando fuerza. La intoxicación puede durar algunas semanas. Pero más interesante es aun que la rebelión del Metamorfo parece habernos dejado algo de mayor valor aun. Una sfater... la primera en casi mil años.
La bóveda familiar tenia cajas individuales. La cabeza de Rory seguía moviendo los ojos, esperando una pequeña oportunidad. La mas insignificante. No se presentaría. La envolvieron en plástico y echaron llave a la caja, que no tenia el mas mínimo contacto con nada vivo. La misma suerte corrió el cuerpo.
Los días posteriores Amelia sintió su fuerza menguada. Algunas arrugas impensables para lo que antes era porcelana blanca. Canas. Incontables aparecieron ese mismo lunes. Luego las arrugas ganaron todo el terreno y sus articulaciones se tornaron mañosas. Vejez. El se desvivía cuidándola y ella le notaba la desesperanza en la mirada. Ya no sería lo mismo. El deseo se iría y ella moriría tanto como amante y como simple ser. Una madrugada ella, como buena anciana, despierta ya desde temprano, sentía sed pero su piel estaba tan seca que no pudo llegar a la cocina, se quedo sentada en el sillón de Gabriel mientras su piel se secaba hasta la misma friabilidad. El se despertó extrañándola. Se acercó a la sala para ver un cuero seco que fuera la piel de su esposa. La boca estaba desgarrada en el liviano tegumento que recortaba la senil figura. Las lágrimas le nublaron la vista pero antes de que se despeñaran por sus pómulos unas piernitas conocidas que colgaban frente al ventanal le hicieron posponer el llanto. Salió al balcón, muy inseguro, para encontrarse con aquel pequeño cuerpo. Solo cuando ella le sonrío el se percató de las trasparentes alas que le iban en saga a esta, que se parecía a la antigua Amelia, pero con incluso mas luz en el rostro.



-Voy a volver, Gaby. -ese era el momento que las lágrimas esperaban- solo que ahora tengo algo que resolver. Pero voy a volver por que siempre fuiste el viento en mis alas. Sin vos no sé volar...



Los ojos rojos estaban interesados en la escena. Sonríe con una esperanza profunda.



-Infórmale a Camelot, hija. La sfater está lista.




Esto no ha terminado.


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