Zequi dice:

No se vayan sin dejar sus comentarios o los atormentaré...

lunes, 23 de marzo de 2015

EDÉN





Las calles ya no tenían sentido para él. A pesar de haberse criado y haber vivido en la misma maldita cuadra toda su triste vida, hoy ya se le hacía imposible dar con la dirección adecuada en esta ciudad ajetreada. Era su hastío, ganas de ya no pensar. A estas alturas la metrópolis se le sacudía furiosa como un tigre que no era para montarse, y se mareaba entre todas esas lineas entrecruzadas. Finalmente caía presa del pánico y debía preguntar donde estaba.

- Si, la calle Palpa es la próxima.
- Gracias.



Debía estar cerca de casa pero no recordaba que hubiera tantos edificios que hicieran gala de imponentes macetas. Todas ellas hasta el tope, frondosas. Poco a poco se hacía difícil esquivarlas en lo angosto del espacio que dejaban. Por fin una de ellas terminaba por cubrir la calle también. “Qué falta de respeto” se dijo. Luego, con decidida y rezongona tesitura senil se propuso bajar el arbusto a paragüazos. Y terminado su raid de justicia se sintió bien con la agitación resultante. Una satisfacción parecida a la que viene luego de una sesión de ejercicios. Tan aliviado estaba que no se percató de que el accidentado pavimento le había sido cambiado por una verde alfombra de césped. Hasta su propia desnudez se le hizo perceptible solo luego de una cantidad tupida de pasos. En vano buscó el resto de la calle. No había el gris del concreto a la vista ni lugar para edificios. "Me habré equivocado de vuelta". La razón indicaba irse por donde había venido, pero aun caminando hacia atrás en linea recta no encontró la entrada, marcada por el tendal de ramas masacradas a merced de su paraguas de caña. "Por cierto... ¿donde está mi paraguas?". Con cada intento de razonar las cosas se hacían menos claras. Eran vueltas y vueltas de completa desorientación. Un bosque, colibríes que hacen imposible el otoño de hacia un minuto, juventud, mariposas... . Unas ganas de correr en sus flamantes pies descalzos le inflamó el pecho. Y si. ¿Que importan las razones? La velocidad de sus pasos, como de joven, vertiginosa. Le tomó varios metros detenerse. Dejó un surco en el césped y se vio ante un espejo de agua. Había una voz, tenue, desde que llegó. Pero se hacía mas clara al acercarse a la arboleda, cruzando la charca. El sonido de los pasos en el agua no ahogaron el profundo llamado. El avanzaba. La selva se le acercaba. Y, a la sombra húmeda del follaje, la vio. "Edén".
Ella se levantó de la hierba tan desnuda como el. Sus pies no tocaban el suelo cuando se le acercó despacio clavándole la mirada. Él no la esperó. Se adelantó para abrazarla. Cuando se soltaron, luego del beso esperado, la pregunta obligada.


- ¿Dónde estabas?
- Muerta, Rafa. Me enterraste.


De repente lo recordó. Lo había olvidado hacia minutos, por el aire de este paraíso. Porque los años anteriores, estos 30 años, recordó aquello cada segundo. Su mano desvaneciéndose dentro de la suya, el corazón que dejaba de latir. Luego el entierro, y todo después, toda su vida, o la falta de ella, como un solo momento. Como nada.


- ¿Donde estamos?
- Descubrí este mundo cuando ya no pude vivir en el otro. No se explicarlo con precisión. ¡Pero acá podemos vivir para siempre!
- ¿Juntos verdad?

 - Si... pero no podemos vivir aquí solos...

Ella no quiso seguir explicando. Lo tomó de la mano y lo llevó al agua. Allí se bañaron esa noche. Y las noches siguientes. Se dejaron seducir por la vida perfecta, el perfume, los sabores. Hasta que un día el se despertó antes que ella. Le llamó la atención darse cuenta de nunca haber ido un solo paso mas allá del claro de la selva. Fue a ver que clase de frutos podía conseguir para su amada en aquella parte inexplorada. Avanzó sin contar los pasos esta vez, ya no hacía eso. Y sin aviso la selva se le terminó. Mas allá un mar de una putrefacta viscosidad se extendía sin poderse ver el final. Negras ramificaciones parecidas a tentáculos, se movían en la superficie, revolvían el fondo. De cuando en cuando las negras nubes escupían algún relámpago que incendiaba la ciénaga, y entonces se oían los gritos. Espantosos gritos que retorcían lo huesos. Salió corriendo al encuentro de su mujer y ella ya lo esperaba.

- Te dije que no podemos vivir solos aquí. No se por que razón pero el bosque crece cuando hay mas gente aquí. Vos no te diste cuenta pero cuando llegaste aquí el tamaño de esto se duplicó. Pero si nos quedamos solos mucho tiempo la parte oscura va a crecer y se va a tragar todo esto. Necesito que traigas gente, Rafa. Así podemos vivir para siempre aquí. Vamos a tener espacio mas que suficiente, lo prometo.
 - ¿Que tengo que hacer?
- ¿Ves esta fruta? Solo tenés que rociar el vapor q contiene sobre la persona que elijas. Así podrán ver el camino hacia aquí

Le costó salir la primera vez. Verse viejo de nuevo le parecía humillante. Pero se volvió practico aun con el bastón rociando personas. Solo aquellas que parecían desgraciadas y solas, insatisfechas con sus vidas. Como él sin Edén.
Las risas llenaron el paraíso. Por un tiempo nadie pareció añorar su vida pasada. Aquí no eran simples vagabundos ni estaban encerrados en un geriátrico. No estaban lisiados ni desahuciados. Pero luego tuvo aquella profunda conversación con Samuel, un veterano de Malvinas. A él le faltaban ambas piernas. Aquí podían correr juntos. Y hablaron de lo absurda que era la política, de lo larga que tenia que ser una vida para darse cuenta de cosas como esa, larga como la suya. Se les hizo la noche y Edén esperaba en el pequeño reducto junto a la laguna. Al día siguiente no la encontró al despertar. Tampoco encontró a su amigo donde normalmente estaba. Buscó... ¿hay alguna forma de que salieran del paraíso? ¿Que salieran despedidos o cayeran de esta existencia a la próxima? Si sus pensamientos lo asustaban, lo que encontró al acercarse al borde del paraíso superaba cualquier definición de terror. Aquel veterano ya no podía gemir, sus ojos desorbitados eran lo único sacaba el dolor afuera mientras ella vaciaba su ácido estomacal en la boca de él, con sus tentáculos clavados en los brazos y piernas de su víctima. La ilusión se desvaneció y el glamour de su amada dejaba de ser efectivo. Por unos segundos vio las cosas como eran: El oscuro sótano, los capullos de cada uno de aquellos que el mismo roció con esa "fruta", los charcos de ácido negro en los que se bañó con su amada, y finalmente ella misma no es la dulce criatura que el veía. Corrió. Corrió con su bastón por delante hasta la escalera y gateó hacia la salida mientras, el paraíso seguía apareciendo intermitentemente. Trataba de atrapar su mente de nuevo. Pero esa puerta se abrió, y por fin la luz, luz real esta vez.
El policía que le colocó las esposas se quedó esperando a uno de sus compañeros. Finalmente salió del viejo galpón. Susurró: "Están todas la víctimas".

Durante el interrogatorio Rafael defendió su versión a capa y espada.


- Ella me hizo creer que era mi esposa muerta, se llama Edén. Tenia a todos en el sótano soñando con el paraíso
- Pero usted nunca se casó...
- Ya sé pero... no podía pensar con claridad. Ella...
- Agradezca que la mayoría están vivos...
- ¿Yo estoy vivo?

En el hospital psiquiátrico se vio a si mismo en las noticias. "Atrapan al secuestrador de Colegiales". Para todos estaba loco, por supuesto.
Pero mas allá, en un departamento oscuro, un anciano es despertado por su débil vejiga. Se apresura al baño pero en el camino olvida el motivo de su urgencia. Sin darse cuenta comienza a apartar las ramas de su camino antes de preguntarse "¿Dónde estoy?" Entonces la ve.

- ¡Edén! ¡Mi amor! ¿Donde estabas?
- Muerta, Gerardo. ¿No te acordás? Pero ahora que los dos estamos en este paraíso necesito que traigas gente, amor. MUCHA GENTE...



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